-¿Volverás? –pregunto. Sus ojos no podían abrirse más. -Tal vez –respondió. Se abotonaba las mangas de su camisa blanca. -¿Puedo esperarte? –dijo, mientras sus profundos ojos cafés, interrumpidos solo por una hebra negra de aquel cabello criollo, recorrían las manos de él, sus mangas. -No –respondió con voz seca. Un silencio invadió el cuartucho ruinoso […]
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