Principio de simplificación y del enemigo único.
Adoptar una única idea, un único símbolo. Individualizar al adversario en un único enemigo.
Principio del método de contagio.
Reunir diversos adversarios en una sola categoría o individuo. Los adversarios han de constituirse en suma individualizada.
Principio de la transposición.
Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque. Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan.
Principio de la exageración y desfiguración.
Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave.
Principio de la vulgarización.
Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar.
Principio de orquestación.
La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentarlas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas. De aquí viene también la famosa frase: «Si una mentira se repite lo suficiente, acaba por convertirse en verdad«.
Principio de renovación.
Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que, cuando el adversario responda, el público esté ya interesado en otra cosa. Las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones.
Principio de la verosimilitud.
Construir argumentos a partir de fuentes diversas, a través de los llamados globos sonda o de informaciones fragmentarias.
Principio de la silenciación.
Acallar las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen el adversario, también contraprogramando con la ayuda de medios de comunicación afines.
Principio de la transfusión.
Por regla general, la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales. Se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas.
Principio de la unanimidad.
Llegar a convencer a mucha gente de que piensa «como todo el mundo«, creando una falsa impresión de unanimidad.
También empleó otras técnicas y métodos, como el de hacer esperar al público alemán por las noticias en tiempos de victoria para crear un fuerte suspense y lograr que, cuando recibieran las buenas nuevas, la alegría fuera más duradera. En 2011 se encontraron varios películas hechas en 3D del Ministerio de Propaganda Nazi. Según el experto en psicología política y de control de masas, el Dr. Leonard W. Doob, Profesor Emérito de Psicología de la Universidad de Yale, en su artículo Principios de la Propaganda de Goebbels, estos son los 19 principios que aplicó Goebbels:
Los propagandistas deben tener acceso a la información referente a los acontecimientos y a la opinión pública.
La propaganda debe ser planeada y ejecutada por una sola autoridad. Este principio seguía la línea de la teoría nazi de la centralización autoritaria, y también del ansia de poder que sentía Goebbels. Pensaba que una sola autoridad – él – debía realizar tres funciones:
Las consecuencias propagandísticas de una acción deben ser consideradas al planificar esta acción.
La propaganda debe afectar a la política y a la acción del enemigo.
Debe haber una información no clasificada y operacional a punto para completar una campaña propagandística.
Para ser percibida, la propaganda debe suscitar el interés de la audiencia y debe ser transmitida a través de un medio de comunicación que llame poderosamente la atención.
Solo la credibilidad debe determinar si los materiales de la propaganda han de ser ciertos o falsos.
El propósito, el contenido y la efectividad de la propaganda enemiga, la fuerza y los efectos de una refutación, y la naturaleza de las actuales campañas propagandísticas determinan si la campaña enemiga debe ser ignorada o refutada.
Credibilidad, inteligencia y los posibles efectos de la comunicación determinan si los materiales propagandísticos deben ser censurados.
El material de la propaganda enemiga puede ser utilizado en operaciones cuando ayude a disminuir el prestigio de ese enemigo, o preste apoyo al propio objetivo del propagandista.
La propaganda negra debe ser empleada con preferencia a la blanca cuando esta última sea menos creíble o produzca efectos indeseables.
La propaganda puede ser facilitada por líderes prestigiosos.
Los jefes sólo eran útiles cuando tenían prestigio.
La propaganda debe estar cuidadosamente sincronizada.
La propaganda debe etiquetar los acontecimientos y las personas con frases o consignas distintas
La propaganda dirigida a la retaguardia debe evitar el suscitar falsas esperanzas que puedan quedar frustradas por los acontecimientos futuros.
La propaganda en la retaguardia debe crear un nivel óptimo de ansiedad.
La propaganda dirigida a la retaguardia debe disminuir el impacto de la frustración
La propaganda debe facilitar el desplazamiento de la agresión, especificando los objetivos para el odio.
Paul Joseph Goebbels
(Rheydt, 29 de octubre de 1897 – Berlín, 1 de mayo de 1945)
Fue un político alemán y ministro para la Ilustración Pública y Propaganda de la Alemania nazi entre 1933 y 1945. Uno de los colaboradores cercanos de Adolf Hitler, era conocido por su oratoria y profundo antisemitismo, que le condujo a apoyar al exterminio de los judíosven el Holocausto.
Aunque aspiraba ser escritor, obtuvo un doctorado en Filosofía por la Universidad de Heidelberg en 1921. Se unió al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán en 1924, y trabajó con Gregor Strasser en la división norte. Fue nombrado Gauleiter (jefe de distrito) de Berlín en 1926, donde comenzó a interesarse en la propaganda como herramienta de promoción del partido y su programa. Después de la toma del poder nazi en 1933, el Ministerio de Propaganda de Goebbels rápidamente se apropió y controló la supervisión de los medios de comunicación, las artes y la información en el país. Estuvo particularmente atraído en los relativament
e nuevos medios de comunicación, como la radio y el cine, con fines propagandísticos. Los temas de difusión incluían el antisemitismo, los ataques de las iglesias cristianas, y —después del inicio de la Segunda Guerra Mundial— el moldeo de la moral alemana.
En 1943, presionó a Hitler para introducir medidas destinadas a una «guerra total», incluyendo el cierre de los negocios no esenciales para el esfuerzo de guerra, reclutamiento mujeres a la fuerza laboral y de los hombres en ocupaciones previamente exentas en la Wehrmacht. Hitler finalmente lo nombró «Plenipotenciario del Reich para la Guerra Total» (Reichsbevollmächtigten für den totalen Kriegseinsatz), el 23 de julio de 1944, por el que Goebbels emprendió medidas, mayoritariamente infructuosas, para aumentar el número de personas disponibles para la producción de armamentos y la Wehrmacht. Pronunció un elocuente discurso de la guerra total en el Palacio de los Deportes de Berlín, cuando los éxitos iniciales de la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial dieron paso a las sucesivas derrotas que condujeron a la caída del régimen.
A medida que la guerra llegaba a su fin y la Alemania nazi se enfrentaba a la derrota, su esposa Magda y sus hijos se reunieron con él en Berlín. Se mudaron al Vorbunker subterráneo, parte del complejo búnker subterráneo del Führer, el 22 de abril de 1945. Hitler se suicidó el 30 de abril y, de acuerdo con su voluntad, Goebbels le sucedió como canciller de Alemania. Al día siguiente, tras la derrota alemana, se suicidó junto a su esposa, después de envenenar a sus seis hijos.
El historiador Peter Longerich, autor de Goebbels: A Biography, además de cuestionar la amistad íntima con Hitler, afirma que se trata de una figura sobrevalorada y que su importancia en el seno del régimen nazi fue menor de lo que se creía (algunas de las grandes decisiones no se le consultaron), y tampoco fue el gran propagandista dominador de las masas que se nos ha hecho creer. Según Longerich, padecía un «trastorno narcisista de la personalidad» que le hacía buscar adictivamente el reconocimiento y el elogio, lo que explicaría su absoluta devoción por Hitler y su obsesión por su propia imagen.