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La ciencia poética - Saint-Jhon Perse
Por Libro Maldito Publicado en Discursos en diciembre 6, 2016 0 Comentarios 9 min lectura
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He aceptado para la poesía el tributo que aquí se le rinde, y me apresuro a restituírselo.
La poesía no recibe honores con frecuencia.
La escisión entre la obra poética y la actividad de una sociedad sometida a las servidumbres materiales pareciera ir en aumento. Y este alejamiento aceptado, pero no perseguido por el poeta, es algo que existe también para el sabio si no mediasen las aplicaciones pragmáticas de la ciencia.
Pero trátese del científico o del poeta, lo que aquí se honra es el pensamiento desinteresado. El sueño de que aquí, al menos, no sean considerados como hermanos enemigos. Pues ambos postulan el mismo interrogante, al borde de un abismo común; y sólo sus modos de investigación los diferencian.
Al considerar el drama de la ciencia moderna que descubre sus fronteras racionales hasta en lo absoluto matemático; al ver en la física que dos grandes doctrinas fundamentales plantean, una, un principio general de relatividad, y la otra un principio cuántico de incertidumbre y de indeterminismo —limitante de la exactitud misma de las medidas físicas—; cuando hemos escuchado que el más genial innovador científico de este siglo, fundador de la cosmología moderna y dueño de la más compleja síntesis intelectual de las ecuaciones, invocaba a la intuición para auxiliar a lo racional y pregonaba que la imaginación es el verdadero terreno de la germinación científica, reclamando además para el científico todas las riquezas de una verdadera visión artística, ¿no podemos considerar que el instrumento poético es tan legítimo como el instrumento lógico?
Verdaderamente, toda creación del espíritu es, ante todo, poética, y lo es en el sentido propio de la palabra. Y así, en la equivalencia de las formas más sensibles y espirituales, ejerce una misma función para la aventura del sabio y para la del poeta. Entre el pensamiento discursivo y la elipse poética, ¿cuál va o viene de más lejos? Y de esa noche originaria en que avanzan trémulos dos ciegos de nacimiento, el uno equiparado con el instrumental científico, el otro sólo acompañado por los destellos de la intuición, ¿cuál sale más rápido a flote portando una fugaz fosforescencia? Poco importa la respuesta. El enigma es común, y la gran aventura del espíritu poético nunca es inferior a las intensas entradas dramáticas de la ciencia contemporánea.
Varios astrónomos han enloquecido ante la teoría de un universo en expansión; pero no hay menos expansión en el infinito moral del hombre: ese universo. Por muy lejos que la ciencia logre retroceder sus linderos, en toda la extensión de su horizonte, se seguirá escuchando correr la jauría cazadora del poeta.
Pues si como se ha dicho, la poesía no es lo real absoluto, ella es la codicia más próxima y el más cercano vínculo, en ese límite extremo y cómplice en que lo real en el poema parece hablarse a sí mismo.
Por el pensamiento analógico y simbólico, por la iluminación distante de la imagen que intercede y por el juego de sus correspondencias, en miles de cadenas de reacciones y raras asociaciones, gracias finalmente a un lenguaje que transmite la cadencia misma del ser, el poeta asume una superrealidad diferente a la científica. ¿Puede entonces existir en el hombre una dialéctica más sobrecogedora y comprometedora?
Cuando los filósofos abandonan su ámbito metafísico, acude el poeta para relevar lo metafísico, y es entonces la poesía, no la filosofía, la que se descubre como la verdadera hija del asombro, según la denominación del antiguo filósofo para quien la poesía está investida de sospecha.
Mucho más que forma de conocimiento, la poesía es, en primera instancia, un modo de vida, de vida total. El poeta existía en el hombre de las cavernas y también existirá en el hombre de las edades atómicas: pues es parte irreductible de lo humano. Las religiones han nacido de la exigencia poética, que coincide con el rigor espiritual, y por esa gracia poética la chispa de la divinidad vive para siempre en el sílex humano.
Cuando las mitologías se desvanecen, lo sagrado encuentra en la poesía su refugio; y quizá su relevo. Y tanto en lo social como en lo inmediato humano, cuando aquellas que conducen el pan en el cortejo legendario son reemplazadas por las portadoras de antorchas, dentro de la imaginación poética se ilumina la más alta pasión de los pueblos que persiguen la claridad.
¡Grandeza del hombre en marcha bajo su carga de eternidad! Grandeza también del hombre en tránsito bajo el peso de su humanidad —cuando para él nace un nuevo humanismo—, de universalidad real y de integridad psíquica… Obsesionado siempre con su oficio que es el de encontrarse con su propio enigma.
La poesía moderna se adentra en una aventura cuya meta es perseguir la plena integración del hombre. Nada hay apolíneo en esta poesía. Tampoco nada puramente estético. No es un arte de embalsamador ni de ornamentador. No cría perlas ni trafica con simulacros o emblemas, y no podría someterse a ninguna fiesta musical. Establece alianza en su camino con la belleza —profunda alianza—, pero jamás la hace su fin o su único alimento. Negándose a separar el arte de la vida, y el amor del conocimiento. La poesía es acción, pasión, poder y es igualmente renovación que desplaza linderos. El amor es su casa, la rebeldía es su ley, y su único lugar será siempre la anticipación. Y jamás desea ser ausencia ni rechazo.
La poesía no pretende cosa alguna de los beneficios del siglo. Atada a su propio destino y libre de ideologías, se equipara a la vida misma sin justificación alguna. Y con un abrazo, como una sola y gigante estrofa viviente, teje al presente todo lo pasado y todo lo por venir, fusiona lo humano con lo sobrehumano y todo el espacio planetario con el universal. La oscuridad que se le cuestiona no deriva de su naturaleza propia, que es la de develar, sino de la noche misma que explora, a la que está consagrada a explorar: la del alma y el misterio que rodea al ser humano. Su expresión no se ha vetado la oscuridad y ese reto no es menos exigente que el de la ciencia.
Así, por su absoluta adhesión a lo que existe, el poeta nos liga con la permanencia y la unidad del ser. Y su lección es esperanzadora. Para él una misma ley de armonía rige el mundo de las cosas. Nada sucede en ella que, por su naturaleza, exceda los límites del hombre. Las peores crisis de la historia apenas son ritmos de las estaciones en su inmenso ciclo de encadenamientos y de renovaciones.
Y las tres furias que cruzan el escenario, izando sus antorchas, iluminan sólo un instante de la vasta obra que sigue su curso. Las civilizaciones que maduran no mueren de los tormentos de un otoño, apenas se transforman. Únicamente la inercia es amenaza.
Poeta es aquel que rompe, para nosotros, la costumbre. Y es así como se encuentra ligado, a pesar de él, al acontecer histórico. Nada le es extraño en el drama de su tiempo. ¡Que afirme ante todos explícitamente el placer de vivir este tiempo fuerte! Pues la hora es grande y propicia para volver a recobrarse. ¿Y a quién le cederíamos, entonces, el honor de nuestro tiempo?
No temas, dice la Historia, despojándose de su máscara de violencia y realizando con la mano erguida ese ademán conciliador de la divinidad asiática en el momento más intenso de su danza destructora. No temas, ni dudes, pues la duda es estéril y el temor servil. Oye más bien el rítmico latido que mi mano en alto ejecuta, renovando la gran frase humana siempre en vías de creación. No es cierto que la vida pueda renegar de sí misma. Nada viviente emana de la nada, ni de la nada se enamora. Pero tampoco nada conserva forma ni medida bajo la incesante afluencia del Ser.
La tragedia no radica en la metamorfosis. El verdadero drama del siglo procede de la distancia que dejamos crecer entre el hombre temporal y el hombre intemporal. El hombre iluminado en una vertiente ¿irá acaso a oscurecerse en la otra? Y su maduración forzada, en una comunidad sin consagración, ¿no sería tal vez una falsa madurez…?
El poeta íntegro debe testimoniar entre nosotros la doble vocación del hombre, elevar ante el espíritu un espejo más sensible a sus posibilidades interiores. Propiciar en su siglo una condición humana más digna del hombre original. Debe asociar, en síntesis, el alma colectiva con el tránsito de la energía espiritual en el mundo… Frente a la energía nuclear, la lámpara de arcilla del poeta ¿conseguirá este fin? —Sí, si de la arcilla se acuerda el hombre.
Y ya es bastante, para el poeta, ser la mala conciencia de su tiempo.

Antillas francia Nobel de Literatura Saint-Jhon Perse


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