El alma de las flores marchitas
renace
en el jardín de Buda.
Porque las flores son buenas:
cuando el sol llama,
se abren rápido y sonríen,
dando a las mariposas su dulce néctar,
y a las personas su aroma.
Cuando el viento dice: «¡Vamos!»,
lo acompañan, obedientes.
Y hasta nos regalan sus restos mortales
para preparar la comida
con la que jugamos a ser madres.